HISTORIA DE LA LITERATURA EN BURKINA FASO
por Zacarías Mejuto
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            Muchísimas veces me planteé escribir una autobiografía, una obra escrita que reflejara o describiera mi vida. A través de ese acto refrescaría mi memoria, sería un doble proceso de conocimiento: el segundo comenzaría con su lectura, podría conocer verdaderamente o, al menos, mejor, a la persona que lo redactó. Pero recordar me entristece, del mismo modo que crear me hace sufrir. Por esta misma razón muchos individuos inteligentes y capaces, auténticos amantes de la literatura, acaban corrompiéndose e integrándose en el equívoco gremio de los estudiosos. Gozas de los efectos de la droga sin que cause perjuicios en tu organismo.
            Esta juiciosa concatenación lógica me llevó el año pasado a Ouagadougou. Allí viví seis meses, entregado totalmente a la redacción de un artículo que viniera a ser un sintético esbozo de la historia de la literatura en Burkina Faso, aún entonces por escribir —inexplicablemente. No hablaré de las vicisitudes y aventurillas que allí me sucedieron.[2]El caso es que ese artículo fue escrito con criterio científico, con orden y con método. También con amor. Era un paisaje literario desconocido, y yo sentía entonces el privilegio de ser la primera persona en hollarlo y en darlo a conocer. La decepción vino después. Ninguna revista literaria o científica ha querido publicarlo y, para más inri, he extraviado el soporte informático donde se contenía. Esto sería una catástrofe de no ser por que aquel artículo tan reescrito y corregido permanece aún en mi conspicua memoria casi sin lagunas. Me propongo aquí redactarlo de nuevo, para quien se encuentre este cuadernillo, si es que le interesa:

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            Lo normal hubiera sido comenzar esta historia de la literatura hablando de los principales grupos étnicos que componen el país, así como de su historia social y su complejo entramado cultural, religioso y lingüístico. Pero en este caso excepcional un trabajo así es superfluo por dos razones:
a)      Esta información es fácilmente accesible en una enciclopedia o en Internet.
b)      A pesar de que Burkina Faso a primera vista puede parecer un país artificial hijo de la descolonización —y lo es—,  esto no afecta, extraordinariamente, a su corpus literario, que es absolutamente homogéneo, como se podrá observar en las páginas subsiguientes.
La literatura oral —fresca, original, primitiva, virgen— subsiste, como cabía esperar, en el país, pero no con tanta fuerza en los pueblos allende el río Volta o los nómadas del norte[3], sino en Bobo-Dioulasso, segunda ciudad en importancia económica y comercial. La ejemplar unicidad de este folklore transmitido desde tiempos inmemoriales viene dada por su falta de moraleja; es decir, no hay enseñanza moral, y creo que esto la diferencia de cualquier otra literatura oral del mundo:


—Yandé se levantó temprano. Había soñado con un pez con dientes de oro. El joven Yandé no podía dormir. Quiso buscar el pez en el sagrado Volta. Se bañó delicadamente en las orillas, cuidando de que ninguna criatura de la naturaleza pudiera zampárselo en su distracción.
Pero sintió un dolor en el pie. Lo levantó por encima del agua. El pez de dientes de oro quería comerse su uña.
El joven Yandé cogió el pez por la cola y lo lanzó a la tierra. Allí, entre palmitos, Yandé lo aplastó con una gran piedra. Después, despreciando la sabrosa carne, arrancó su compacta dentadura y se fue a casa muy contento.
Volvió a su tumbona, dispuesto a terminar su sueño, pero ese sueño no ha terminado aún. Yaundé murió seis horas después de una infección en el dedo gordo del pie y su hermano le robó la dentadura tras expirar.
Esta historia procede de los n’tundi, Ahora son los poseedores de la casi totalidad del sector servicios de Bobo-Dioulasso.
Veamos ahora un ejemplo perteneciente a la tradición sossoya:
—Duola amaba a todos por igual. Pretendía fundirse no sólo con mujeres, hombres y niños, sino también con animales, plantas y rocas.
Un día, cuando ya era vieja, subió a lo alto de la colina para ver con plenitud la belleza del valle del Volta al amanecer. Sintió que el sol se fundía con ella, sintió que sus bellos se erizaban al contacto de los vigorosos rayos.
Sólo en ese momento descubrió que nunca se había amado a ella misma y deslizó su mano por su vientre maltrecho.
            Volvió en sí mucho después, al mediodía. Decidió que ya era momento de marchar a casa, pero nunca llegó. Cayó en una sima y allí murió de hambre. Nadie en el pueblo pudo escuchar sus gritos.


Podemos, si queremos, encontrar elementos comunes entre estas dos historias y otras muchas, sin que importe su procedencia étnica: la presencia fatal de la muerte, un protagonista único y solitario, la presencia de elementos simbólicos procedentes de la naturaleza, como el pez o el sol, así como la participación escenográfica ineludible del majestuoso río Volta en todos ellos. Estas historias constituyen, en mi opinión, un digno precedente, desde el punto de vista más bien antropológico, del moderno microcuento. Y, repito, lo más característico de ellas es la notable ausencia de contenido moral alguno.[4]

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El primer ejemplo de literatura en el moderno sentido del término lo encontramos en DZHIGATE ILAMA (1862-1912). Es intrigante la biografía de este escritor. Máximo ejemplo de la literatura al servicio de la metrópoli, fue, sin embargo, hijo de esclavos, y defendió, si bien con un estilo admirable (casi europeo), la existencia necesaria de la esclavitud y de jerarquías humanas. Poco antes de morir escribió en su diario una originalísima nota: “cultivé en mi literatura el mal para mostrar qué no se debe hacer”, eso demuestra que había leído al Arcipreste de Hita y a Baudelaire. Su más importante obra se titula Látigos de amor (París, 1910). No ha sido reeditada ninguna de sus obras. Su lectura es una experiencia grávida, muy a lo Sacher-Masoch.
La primera y única creadora de talento también la encontramos en la época colonial. AGULA MENIN (1875-1940) fue igualmente una ferviente y fervorosa defensora de la ocupación francesa. La palabra ‘melón’ inicia cada uno de sus textos, manía que han elogiado sus adeptas americanas de hoy. Su obra literaria es totalmente apocalíptica. Su mundo es el de las emociones, el de los sentimientos fraternales, amistosos y conyugales. Sus tramas se sitúan siempre en un Moscú, un Londres o una Florencia completamente ficticios. Ella era estéril de nacimiento, quizás por eso en sus obras aparecen hijos no deseados por doquier. Escribió una treintena de novelas en francés y en inglés (las dos últimas). Han sido rescatadas y reeditadas en siete gruesos tomos por las feministas de la Universidad de California-Santa Cruz, que han visto  en ella un precedente modelo de mujer africana liberalizada, a través de la catarsis creadora, del falocentrismo burkineño. Su sensiblería exacerbada y su gusto kitsch la acercan a la actual novela postmoderna a lo Isabel Allende. Sus principales títulos son: Membrillo con queso (1903), Mieles (1912), Las extravagancias de Olga Gorlukova (1914), La camisa de leche (1919) y Tatiana y Luigi (1927). Desde 1910 publicó todas sus novelas en la editorial Verboeckhoven et Lacroix, de Bruselas.
Otros autores reseñables de esta época germinal de la novela burkineña son TADEO LUSU (1873-1899), ÚRSULO TUTU (1890-1962) y LEOCACA ASHTIF (1891-1920).

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Un autor de transición es el excéntrico LEOCADIO HERVÉ (1910-1975). Aunque nació en Ouagadougou, era hijo de un comerciante de higos belga y escribió en flamenco todos sus cuentos, si bien nadie los pudo leer, ya que los publicó bajo su pecunio en la capital, donde nadie habla ni quiere hablar flamenco. Sus tres compilaciones de cuentos Khter (1927), Lunir (1934), Serkhemouph (1941), se encuentran, en un 99% de sus tiradas, en la misma Biblioteca Nacional de Ouagadougou. El 1945 dejó de escribir y marchó a Namibia a buscar diamantes. Murió en Windhoek sin visitar jamás Europa.
Sus relatos conjugan espectacularmente lo sobrenatural a lo Poe y lo espectral que proviene de los ritos ancestrales de las tribus ewe, que habitan las selvas de la frontera sur con Ghana. Su gusto por lo escabroso y por las conductas sexuales anormales lo acerca igualmente a los ensayos psiquiátricos de Krafft-Ebbing. Un elemento llamativo de sus relatos es la falta de un final claro; de hecho, los últimos párrafos tienden a ser ilegibles y borrosos hasta que se llega a la desaparición de las dos o tres últimas palabras y del punto final. Se trata, por lo tanto, de un autor muy moderno, y me propongo reeditar próximamente, y en español, una antología de sus mejores relatos bajo el título de Burkinilla Oscura.
Llegamos, por ende, a la época contemporánea, si bien nos saltamos a algunos autores que ya han sido traducidos a lenguas europeas: THEODORE LULIE (1940), SAMANTHA OKRE (1944), STEPHANE OKUYIMA (1952) y JOSEPH WIND (1952). Sus obras son una constante reflexión sobre el tema del nacionalismo burkino. Todos se decantan por la crítica de la independencia y abogan por convertir el Alto Volta (así ellos llaman al país) en una provincia francesa. Algunos de ellos tienen causas abiertas por malversación de fondos y corrupción. Sus obras están teñidas de una  religiosidad sospechosa. Su prosa es, sin lugar a dudas, admirable.
GEORGE EYEME (1962-1999) y JOANNA PEDOI (1961-1999) constituyen, ellos solos, una de las más extrañas e interesantes páginas de la literatura universal. Toda su obra, titulada Amorcitos (1999, póstuma), fue escrita conjuntamente en lengua yoruba. Sus respectivas familias eran comerciantes de la capital. Sus relaciones, sin embargo, nunca fueron aceptadas por el entorno familiar; y ese es el eje de esa larguísima (1700 páginas) autobiografía conyugal donde se percibe cómo, poco a poco, ella va perdiendo la noción de la realidad hasta catapultar un trágico final ideado por ella misma: ambos se suicidaron arrojándose a los cocodrilos en el Yakobembe National Park.

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Llegamos por fin a CASSIMIRE BOU (1965). Nació en una aldea de la sabana norteña, estudió historia en Ouagadougou y, posteriormente, antropología en La Sorbona de París, donde se doctoró con una tesis que versaba sobre un descubrimiento propio: el sexo oral en los hipopótamos del Volta y su relación directa con la escasa fertilidad del animal. Aparte de numerosos artículos etnográficos, publicados periódicamente en revistas especializadas de París, Nápoles y Varsovia, su fama se debe a Bernardito (1990), una tragedia shakesperiana que debe mucho al Calígula de Camus. Su manera de llevar la fábula al escenario es proverbial, así como los raros diálogos entrecortados y la enigmática figura de la sanguijuela, que viene a ser un símbolo inequívoco de la tragedia africana. Se trata de la única obra teatral reseñable en Burkina Faso, si bien aparece en el top diez de las obras maestras de la literatura africana —y universal, ¿por qué no?


Y esto es casi todo. No he atendido a la lírica porque no me gusta. Dejo esa labor para otro. Confío en que esta modesta pero trabajada investigación se convierta, algún día, en una pieza clave y fundadora para la comprensión de una de las literaturas más apasionantes y desconocidas del mundo. Sumergirme en ella ha sido una experiencia impactante, y espero que lo mismo sienta todo aquel que se llegue a interesar.

 

 

 

 

Cassimire Bou, en una excursión al monte Ténakourou


[1](Cochabamba, 1967) Comparatista independiente. Afincado en Barcelona desde las Olimpiadas. Calza un 43.
[2] Al interesado le remito a mi Un historiador intrépido mojó su culillo en el Volta, Algeciras, 2004, manuscrito anónimo que envié a la Biblioteca Nacional de Madrid y que espero hayan indexado debidamente. No obtuvo, indefectiblemente, mención alguna en ninguno de los certámenes literarios de literatura de viajes en los  que concursó los años 2004 y 2005.
[3] He pasado olímpicamente de ellos.
[4] Es posible leer, si bien en el lastre pestífero de la lengua francesa, una amplia recopilación de estas leyendas orales en: AZAZOU, M., Histoires immoraux de l’Haute Volta, Ouagadougou, Presses Universitaires, 1969.

Sor Mojarra

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