
Aquí me ando compadre
rechiflado en mi tristeza
apachurrado en la pieza,
el cotorro empetrolado,
sin carne en el estofado
ni la mano de Teresa.
No digo que esté en el horno
ni que la pena me embote
o que el pesar me acogote,
pero antiayer yo vivía
con mi hembra y alcancía;
y ahora este despelote.
Cuando se fue la Teresa
con su ropa en el remís
casi encima me hago pis.
No quise decirle nada:
parado en la encrucijada
vi alejarse el Taunus gris.
Esa no fue la primera,
antes ya tuvo otro intento
pero entonces no fui lento:
si le digo la verdá,
aquella oportunidá
supe estarme muy atento.
Se iba con un tarado,
copetudo, pelo corto.
Yo los contemplaba absorto:
la Teresa iba saliendo
y atrás el tipo, sonriendo;
¡cómo le miraba el orto!
“Alto ahí”, dije “mi hermano,
al menos presentesé,
diga quién es, cómo y qué
pretende, gaucho atrevido,
la prenda que ahí ha salido
mi hembra dicen que fue”.
“Que yo sepa mi madrastra
no tuvo ninguna hija
con esa cara de lija,
así que no soy tu hermano”,
soltó sonriente el villano,
y me pidió la valija.
“Enseguida te la doy”
repuse, “a la maleta”
y se la puse en la jeta.
Quedó el gaucho descolado
sobre el piso achaparrado
y yo me abrí la bragueta.
Lo meé de abajo arriba
después le escupí la boca,
fui al baño, me hice la toca,
y la llamé a la Teresa:
“vení acá, poné la mesa
hoy creo que a vos te toca.”
Sin embargo esta vez
en serio se lo tomó;
a la noche se escapó
la muy yegua, la rastrera,
dejándome en la catrera
su perfume rococó.

1
Yo soy un cantor letrao:
mi vieja tiene el diploma
amurado en la maroma,
me sé la tabla del nueve,
casi entiendo por qué llueve
y cuándo va punto y coma.
Yo puedo participar
en cualquier conversación
meto baza de ocasión
y siempre caigo parao:
no soy un atolondrao
porque tengo formación.
Yo estudié filosofía:
sé que el tiempo es una noria
donde gira la memoria;
por eso cuento saltando
como me viene llegando.
Usté armesé la historia.
Mi esperiencia es esta pampa,
en la que el gaucho vivió,
nací en Huinca Renancó,
vi llanuras y planicies,
vi melenas y calvicies
y jugué al dominó.
Vi de todo lo que hay,
¡Ay de todo lo que vi!
Vi LA virgen de Itatí,
vi las yeguas de Neptuno
vi pasar un Fiat Uno
con una planta de ají.
Un día bajé del pueblo
como quien de un pueblo baja,
del trigo saqué la paja,
con ella hice un fogón.
Vino a cantar mi patrón:
“la tierra es del que trabaja.”
Ninguna gracia me hizo
la ocurrencia patronal;
“escribiste tu final”
le dije también cantando
y ahí nomás le fui enterrando
el filo de mi puñal.
La sangre fluyó silente
por el suelo de mi tierra.
Me gritó “hijo ´e perra”
un gaucho mal avenido,
no me di por aludido
por no continuar la yerra.
Me fui para la ciudad
en un remís amarillo.
Allá quedó el tordillo,
la guitarra y el facón.
De mi cuerpo, el corazón,
de mis dientes, el cepillo.
La frente estaba marchita,
del recuerdo estaba presa.
Fui a buscar a la Teresa
al lugar donde paraba.
Uno que la registraba
me dijo: “murió de la peste esa.”

2
“Recórcholis” dije yo,
“amalaya suerte mía”,
uno en las minas se fía
y ésta tenía el bicho…:
¡por no habérmelo dicho
la maldije todo el día!
Me fui para el hospital,
antesala de desgracias.
Después de las burocracias
me dieron turno y salí
tan cansado que dormí
debajo de unas acacias.
La siesta me acomodó
las ideas y el balero:
yo que supe ser cuatrero
con agallas y cojones
¿lloraré por los rincones
si tengo el bicho en el cuero?
Las chances son más bien pocas,
comentó una vecina,
mientras doblaba la esquina.
“Vos lo decís muy fácil”
le dije a la chica grácil
y la invité a la cantina.
Tomamos hasta las aguas
de los fideos y el tuco;
apuré: “quiero re truco”
y fuimos a una cabaña.
No diré que fue una hazaña
pero casi la desnuco.
No usamos forro ni nada
para los dos fue una prueba
yo era Caín, ella Eva,
éramos gatos salvajes
éramos amos y pajes:
el mate es del que lo ceba.
Después resultó la mina
ser una doña casada.
Cuando se quedó preñada
el marido se hizo cargo
y me convidó un amargo
cuando lo vi en la parada.
Ahí me asaltó otra duda,
yo vivo en la incertidumbre,
el hombre tiene vislumbre
nunca nada de certeza
y se enllena la cabeza
de bronca y de podredumbre.
Para salir de la pena
me metí en un cabaré,
que el macho que tiene fe
siempre encuentra en un regazo
si no un consuelo, un pedazo
de cariño y consomé.
El resto ya se los cuento
en las próximas revistas
pero le doy unas pistas
pa que se vaya contento:
lo que pasó yo lo cuento,
y de historias tengo listas.

Fabián Vique/Sor Fabián
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