ENCICLOPEDIA DE LA FE HETERODOXA NO AUTORIZADA POR EL VATICANO: PROFETAS, SANTOS, HEREJES, MÁRTIRES Y OTROS PERSONAJES PASTORALES.
Edición al cuidado de Johan Dietz, Doctor de Escolástica y Nuevas Tecnologías en la Universidad de Duisburg y Christopher Bertrand, Becario del programa de estudios “Poéticas de los movimientos migratorios” de la Universidad Pontificia de Comillas y Premio Extraordinario en el I Certamen Europeo “Padre Escrivá de Balaguer” de Ensayo Diocesano por su rutilante Esperando a San Pavlov: Pornografía falocéntrica, teatro del absurdo y conductismo en las raíces de la cultura cristiana occidental a través del epistolario de San Pablo.
Prólogo del ilustre exconserje de las dependencias pontificias de la ciudad-estado vaticana, y pastichero (pasticheur) impenitente de todo tipo de excursiones lingüísticas curiales llegadas a sus manos, Piero Tommaso di Lunfardi.
Desde pequeñito entendí la autoridad como la acometida vanidosa de gente ociosa, untada y despreciable. La autoridad es el brazo férreo del poder ejecutivo, que siempre han sido los portadores del parné. Como todo hijo de vecino, a los ricos también les atrae el espectáculo mimético inmemorial que llamamos representación. Pero estos hijos de mala madre no se contentan con un pase de teatro, con una sesión de cine o con un folletín novelesco. A estos, antes que a ningún iluminado vanguardista diletante, lo que les desestructura la libido es insertar la ficción en lo que sancionamos verbalmente como realidad a base de talegazos sobre la mesa. Y, mucho más allá que esos iluminados, tienen el poder demiúrgico de alcanzar con meridiana satisfacción sus aberrantes propósitos. Tal escenario extraído de la realidad misma o realidad con visos irrefutables de virtualidad, estos dignatarios –portadores de la dignidad (!)-, cual pistoleros psicópatas de la vida, donde ponen el dinero, se hace su voluntad. Los demás somos en todo caso títeres castrados y abúlicos que han entregado su arsenal de ambiciones y que de una manera milagrosamente espontánea nos comportamos y expresamos con resultona naturalidad según el código no verbal inoculado inconscientemente a través de una cotidiana y pragmática mímesis de la sumisión y la crueldad. Esto es lo que lleva aparejada la jerarquía, a cuya sombra, indolente y mezquinamente he vivido. Pero no todo este cúmulo de tiempo ha sido baldío. Mi aparente y calculada docilidad al sistema me ha permitido conocer por dentro los bastidores donde se gesta esta lata de conservas pútrida y hedionda que denominamos humanidad. Qué mejor lugar para disfrutar del espectáculo donde se forja el espejismo de la civilización que en el interior de uno de los pocos lugares de la tierra que encierran tanto poder supraterrenal, pero sobre todo terrenal como El Vaticano, y las dependencias de SS (Su Santidad), donde el poder religioso, político y económico se hacen uno en el crisol-sagrario de la Católica, Apostólica y Romana Madre Iglesia, cual encarnación pornográfica y soez del misterio dogmático de la Santa Trinidad. Mi impostada ingenuidad me ha valido para descubrir de primera mano asuntos tan turbios, indignos y difíciles de entender, que siquiera tengo el valor de mencionar. Por eso creo que la edición de la Enciclopedia de la Fe Heterodoxa tiene como fundamento dar voz a testigos silentes de los manejos poco claros de los historiadores mercenarios y poco escrupulosos con la verdad. Se trata, en suma, del ajusticiamiento sumarísimo de una larga retahíla de siglos de conspiración desde el poder a través del legitimador y mistificador instrumento exclusivamente detentado por los mismos, la palabra. Siglos en los que se ha silenciado sistemáticamente la voz disonante reacia a la repetición ad infinitum de la vacua salmodia alienante impuesta por una jerarquía intolerante y reaccionaria, conspiradora y fanática, represora y cruel hasta el límite de lo racional.
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Pues bien, arrepentíos, hijos de mala madre, porque vuestro falso carnaval mistagógico va a ser desenmascarado en las páginas de la monumental obra que aquí prologo, donde tienen cabida, tras una ardua investigación prolongada en el espacio y el tiempo por un equipo de investigadores extraordinario, todos aquellos hombres y mujeres cuya memoria se extravió a conciencia en el tiempo, a manos de aquellos que detentaban el poder y la palabra, y cuyo ejemplo podía haber cambiado la vida o al menos numerosas de sus tristes condiciones seculares. Sin mayor retardo, os dejo en la sabia compañía de esta obra reparadora de nuestro desvirtuado y sistemáticamente programado-engañado inconsciente/consciente colectivo. Silencio, señores, una terrible verdad está a punto de circundaros –que no circuncidaros-. Una verdad que os hará más sabios, sabios portadores de una sabiduría que os hará más libres. Rindamos, pues, ahora el merecido reconocimiento a los entusiastas artífices de esta obra-milagro leyendo atenta pero críticamente esta obra capital de un tiempo que se avecina.
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Como muestrario mínimo de la magna opera acometida con la elaboración y edición de la Enciclopedia de la Fe Heterodoxa, adjuntamos para nuestra presentación en la revista amiga Sor Juana dos artículos elegidos al azar –sin notario mediante- que sirven como introducción eficaz en el espíritu de la obra.
Matias Rahn, teólogo (Köln, ca. 1345 - ?, ?). Teólogo alemán del bajo medievo, filólogo amateur y apartado de las consignas deontológicas de sus colegas coetáneos (y casi podíamos agregar que hodiernos) y antecedente no reconocido de la Teología de la Liberación del siglo XX.
Matias Rahn, nacido en el seno de una familia de pequeños artesanos de objetos metálicos para el uso cotidiano, fue el menor de los catorce hijos del matrimonio Rahn. Debido a la mediocre prosperidad del negocio paterno, el pequeño Matias tuvo acceso a una formación bastante completa y llegó a cursar estudios de gramática y teología en Koblenz, teniendo como maestro dilecto al padre Meier, quien promocionó a su pupilo como abad en el monasterio de Wientberg, pequeña localidad próxima a la actual frontera suiza, donde creó una escuela de retórica popular y poética experimental para los retoños de las familias pobres que no podían costearles a sus hijos una educación siquiera elemental.
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En Wientberg, Rahn pudo dedicarse a una de sus aficiones mayores: la paleofilología, ciencia de la cuál sigue siendo un referente adelantado sin ningún tipo de reconocimiento, por increíble que pueda parecer. Enamorado de las canciones de gesta germanas, conocedor de las sagas mitológicas escandinavas, estudioso de las lenguas bálticas y su incipiente literatura épica, lo que realmente fue el centro de su quehacer académico fue el estudio minucioso de la poesía goliárdica. Su ingente labor quedó plasmada en la monumental compilación Poesía goliárdica paneuropea, completada con un extenso prólogo del autor en el que teoriza y sitúa históricamente sus hallazgos y un epílogo del goliardo danés Töhrdal, autor reconocido de la estimable colección de fábulas inmorales en verso cantadas en las romerías de san Vito por fanfarrias de las pequeñas comunidades titulada La cantimplora mágica. Una de las composiciones compiladas por Rahn, escrita por el portugués Ricard Lopes, encarna fiel y sintéticamente la animación que este tipo de poesía desprende, su temática despreocupada y hedonista, y las condiciones especiales de estos gyrovagos o monjes errantes y poetas desacralizadores y ocasionales, testigos de excepción de este decadente orden medieval final, cuyas ciclópeas columnas ideológicas han sustentado por tantos siglos el viejo orden continental, que poco a poco se va resquebrajando. Se trata de un extracto del célebre “Diálogo entre Teodoro y Nicasiano” del clérigo alentejano, que en su método de composición remeda la estructura estereotipada de la tensó propia de la lírica galaica:
-A la mujer le pido, Teodoro, tres cosas de grado:
Maña bona en los fogones, falar dolçe e atinado
Y, la primera en la misa, una fama sin reparo.
-Pues hermano, te corrijo, si permites mi injerencia
Que yo a la hembra le exijo menos pan y más manteca:
Pechos luengos, bien çebados, una çintura perversa,
»Ojos rasgados, diablones, con destellos de tigresa,
Pelo suelto, indomeñado, boca ancha, suculenta,
Dientes blancos, parejos, caramelillos de menta;
»Manos sabias, doctrinadas, cachondas, con recompensa,
Unos muslitos loçanos, piernas puras de faunesa,
Un culillo abotargado, y selvático o tonsurado, (sic)
A salvo de las alimañas, bona covacha de fresa.
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Rahn siempre actuó consecuentemente como ferviente defensor del mester de juglaría, en detrimento del establishment cultural y literario acaparado por el sector más conservador de la clerecía continental, articuladora de una retícula canónica en cuestión de formas y asuntos, que desvirtuó y acabó atrofiando y finalmente paralizando el caudal creativo de los hombres de letras de su época. Dio batalla a celibatas sospechosos como el sajonio converso procedente de una familia judaizante, Harold O. Blunt, avanzado en la cruzada literaria de la primera mitad del s. XIV en favor de sacralizar a una serie de autores divulgados por su famosa escuela de copistas cuyo catálogo principal lo encontramos en el famoso documento “Top Codex”, inventariado por el medievalista Pascal Grémillon, a principios del s. XIX. Paradójicamente para los intereses del propio Rahn, tan vehemente empeño se volvió en su contra al ir impregnando el ambiente académico de las escuelas monacales y protouniversidades más distantes del bunker y el pensamiento único, cultoras de un extraño mainstream elitista, de un contracanon impulsado desde el activismo polemista que contenía a los autores más desprejuiciados –e ignorantes- con respecto a la entonces decadente normativa del ars literaria. Su canon acabó ganándole la partida al de un envejecido y reiterativo Blunt, encastillado en sus fijaciones doctrinales hasta el final de sus días, sin fuerza ni capacidad de reacción para contraatacar con nuevos argumentos sólidos y reacios a la refutación el aire fresco que destilaba la teoría del arte nuevo propugnada por Rahn.
Rahn viajó por la práctica totalidad del continente en un incansable peregrinaje en busca de la poesía popular de tierras extrañas, anticipándose extraordinariamente a las futuras preocupaciones de la ciencia filológica. Dejó su orden y su oficios religiosos y académicos y se lanzó a un viaje del que no habría de retornar. En 1786 se halló en las cercanías del villorrio búlgaro de Ustinja un diario cuya autoría le ha sido atribuida. La autenticidad del documento ha sido verificada y éste es datable en torno a la primera década del siglo XV. En el cenit de su fama académica, cuando sus ideas estaban en plena expansión por los circuitos escolares europeos, decidió dar un giro radical a su actividad, o más bien, completarla desde otro plano, e inesperadamente se marchó de la plácida Wientberg a la búsqueda de poemas líricos compuestos oralmente y cuyo destino inicial era desmaterializarse en la levedad de su medio de transmisión, el aire.
Al parecer, según deja entrever el relato intermitente del cuarteado e incompleto diario –de los tantos que escribiría en sus años de errancia-, Rahn convivía durante esos meses con una barragana local, que le proveía de manutención, alojamiento y calor humano, y le enseñaba los rudimentos lingüísticos de su idioma eslavo materno. Rahn visitaba pastores y lavanderas, músicos y prelados. Transhumaba el continente en busca de poesía efímera que anotaba y por la noche traducía y clasificaba. Estaba en pleno proceso, según dejan entrever las notas, de elaboración de una tipología exhaustiva de las composiciones líricas orales de los pueblos eslavos del sur. Visitó los reductos autóctonos resistentes del poder invasor bizantino, estudió la mutación lírica abierta a la fusión y el cambio en las zonas de contacto. Desde Moldavia hasta la Krajina serbia pretendía acotar los límites de su ambicioso proyecto plurilingüe. En el diario se puede leer como muestra de su cotidianidad en esta etapa de su vida:
“atardece y siento la densa concentración aromática del té en mi choza. Un cabrero solitario, hosco y montaraz nos ha regalado hoy, tras tres días de infructuoso peregrinaje por una región semidesierta y poblada únicamente por depredadores que asoman en la noche, tal vez uno de los poemas más hermosos que he oído en mi vida. Un hombre preso de su soledad y de unas infames condiciones de vida, renegado del mundo, olvidado ya de Dios y de su mensaje de salvación, un hombre, en fin, aparentemente perdido, derrotado, nos ha transmitido esta tarde, tras un dificilísimo encuentro, semejante canto de amor y sabiduría:
como un gato salvaje en el monte habito
como huyendo de una plaga, como un desertor,
como un estigma de Dios, como un maldito.
Dime -¿me oyes?-, Salvador, con ternura, sin grito,
En este mundo corrupto, cual tal cúmulo descrito,
¿son los hombres la plaga, Señor bendito, o la plaga soy yo?”
Tras la expedición en pos de tan preciosa recopilación, a día de hoy inédita, sin la menor pista de ella, nada más se supo de él. Se cree que murió en algún lugar de los Balcanes en torno a 1510. Ninguna crónica local hace referencia a ningún personaje de sus características.
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Olidebeh Mussaka, señor de la guerra etíope y místico de la secta Berrebeke (Ablum Itfel, 1947).
Mussaka fue considerado desde su nacimiento un iluminado. De padre cristiano y madre berrebeke, Mussaka vivió siempre con una esquizofrenia religiosa cuya partida acabó ganando la más deconocida creencia local.
La secta berrebeke, funde las nociones de creación y espiritualidad propia del sustrato animista africanista con el planteamiento de la resurrección del espíritu en una vida eterna propia de las religiones monoteístas y la redención del pecado por medio de la violencia y la guerra santa, lecturas aberrantes del integrismo islamista. Los rituales de fertilidad panteístas, mediante una liberación sexual lisérgica y enfática, simbolizan las fuerzas creadoras de la naturaleza de origen oscuro para el entendimiento humano que perviven indefinidamente en cada elemento de la creación y cuyo dominio sobre nosotros es más fuerte que nuestra voluntad y albedrío.
Por otro lado, como los budistas, los berrebeke tienen elegidos entre los mortales. Mussaka fue y sigue siendo el dalai particular de esta secta, cuyo nombre es kiliche. Este enviado de la divinidad es el primer niño varón nacido tras el deceso del anterior kiliche. Tras la muerte de su sucesor, Kulumbu III, la suerte de Mussaka estuvo echada.
En el iniciático ritual berrebeke, todo niño de trece años debe pasar la prueba que le suponga la credencial para la vida adulta. En el caso del kiliche, su predisposición y pericia en la superación de la misma deben ser consideradas de una manera intachable. Toda vez que se supera, queda entronizado como nuevo líder espiritual por la comunidad. En el ritual, el aún adolescente debe salir de la ciudad, o el poblado y hacer una incursión en la naturaleza. Deberá hacerse de todos los productos necesarios para el yahle, guiso tradicional de resonancias místicas para los berrebeke. El ingrediente fundamental es la carne de chivo. Para obtener el chivo, dada su práctica inexistencia fuera de los ganados en la zona, deberá obtenerlo de los rebaños al alcance por cualquier método, salvo la compra o la extorsión. Se suele hurtar, pedir caritativamente si el pastor es otro berrebeke o simplemente forzar violentamente al propietario del ganado. De los demás ingredientes constituyentes del guiso el aspirante a la vida adulta debe abastecerse con similares ardides. A veces, para conseguir un par de cebollas debe correr el riesgo de una persecución inevitable por los campos cultivables más próximos a la población. Lo más complicado del ritual es desplazarse a los lugares donde las verduras que se utilizan se producen naturalmente. Afortunadamente, la cocina etíope aún no ha sido invadida de elementos exóticos de lejana procedencia ni se usan especias de difícil localización, al menos en esta receta ritual. Desafortunadamente, hay un ingrediente de no difícil localización para los etíopes, pero de difícil obtención en circunstancias naturales: la miel, de la que tienen que obtener una buena porción de panal. Los propietarios cristianos más intolerantes, advertidos de tales argucias sagradas, se arman y esperan pacientes y vigilantes en sus predios a la espera de los jóvenes en trance de iniciarse. Más de una osamenta juvenil berrebeke dormita un sueño eterno en las lindes de horticultores y pastores mal llamados cristianos.
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Tras conseguir el cabrito y las verduras, se dirige antes de que anochezca con su botín a la casa de la adolescente del lugar a la que quiere esposar. Por lo tanto, todas las muchachas solteras deben esperar en casa todo el día la previsible visita de un joven y arriscado berrebeke. La familia de ella no debe necesariamente pertenecer previamente a la secta, pero para que el ritual de petición se haga efectivo, los padres deben acompañar a la hija e invitar a la casa al joven que ha llamado a la puerta. Si lo invitan a pasar, el joven ofrece el alimento puro, natural, ajeno a las leyes mercantiles para celebrar el banquete que finalizará con la petición de mano ritual a la hija soltera. Si se le acepta, el joven procede a matar el cabrito de forma sacramental en el patio de la casa, la madre cede el espacio de la cocina a su hija y ésta cocina el yahle según su madre debe haberle enseñado desde pequeña para cuando llegue este preciado momento. El padre ofrece bebidas alcohólicas locales al final del convivio y se procede a la petición de una manera formalizada. El prometido se despide del hogar de sus suegros con una prenda o regalo que simboliza el comprimiso adquirido por la prometida. Con esa prenda, normalmente un broche o pulsera u otra prenda utilizada habitualmente por ella, acude a medianoche al templo central donde el sacerdote espera la concurrencia de todos, los que han culminado con éxito el ritual y los que se han quedado en distintas fases del mismo. Estos últimos, tendrán un año para ejercitarse y meditar y podrán probar su suerte en una segunda intentona. Hasta entonces, deberán permanecer, si no castos, sí al menos solteros. El sacerdote recibe las prendas de los nuevos miembros adultos, despide a los demás y a otros testigos tras oficiar una breve liturgia y se queda a solas con los prometidos, a quienes inicia en un complejo ritual iniciático-mistérico en el que intervienen jugos estimulantes de plantas agrestes y sacerdotisas prostibularias del dios de la fecundidad y la cópula berrebeke, Jincho. A la mañana siguiente, entre los vapores de una insólita resaca, despiertan a una nueva vida tras haber enlazado más estrechamente su compromiso con el Dios Supremo.
Tras superar este ritual, Mussaka, se casó con Yolanda Malambé, más conocida como Casandra, la princesa Casandra o simplemente la Princesa. A pesar de que sus padres siempre inculcaron al joven Mussaka actitudes virtuosas en toda eventualidad, éste entró en contacto pleno con las prácticas corruptoras del poder cuando fue entronizado como líder espiritual. Desde el principio se veía que la modestia no iban con su carácter, y que tarde o temprano traspasaría la frontera de su poder celestial para intoxicarse definitivamente con los miasmas de la efímera gloria terrena.

«El berrebekismo es un estado mental», mantra exitosamente acuñado por Mussaka
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Se trasladó a Addis Abeba, abandonando el pintoresco monasterio de Hoxia, sede ancestral del sumo sacerdote berrebeke. Metió a su mujer –los sacerdotes berrebeke, como los cristianos ortodoxos etíopes, pueden y deben casarse- en el show business, y fue la célebre Casandra “negra” en la telenovela homóloga, a imagen y semejanza de la original venezolana. Hizo otras series y fue protagonista de algunas mediocres comedias románticas en coproducciones en swahili djiboutiano-etíopes. Su paso hacia la degradación final en una efímera carrera llena de despropósitos, amantes tan pronto conocidos como macabramente eliminados y flirteos serios con todo tipo de drogas, fue su incursión en la precaria escena pop nacional. El hit parade de Casandra incluye insultantes temas como “Mussaka de espinacas”, reggaeton calenturiento hasta la bestialidad en el que injuria sin miramientos la noble institución que su marido representa, “Dámelo todo, Manolo”, balada latina presuntamente romántica cantada en español a dúo con un impostado galán de los trópicos –en realidad un corista guatemalteco que hacía turismo sexual panafricano- que para tirarse a la consorte de Mussaka compuso y grabó con ella; un tema cuyo texto escalofriante y aún a día de hoy sin desenmascarar –ergo sin ser fielmente traducido- dice cosas como “me inflama, me enajena la combustión de tu berenjena”. Sin comentarios. La lista de éxitos se cierra con su intento de apertura al mercado árabe del África negra encarnado en el tema “Ablacióname”, chusco remedo de la diva (¿divo?) española Mónica Naranjo y su “Sobreviviré”, adaptado a la idiosincrasia autóctona. Hay que decir que el fiasco fue tremendo. Tras este punto sin retorno, entra en una espiral de barbitúricos y chaperos de la que le saca un inesperado accidente de tráfico en Tanzania. Se comenta que el tráiler que arrolló la furgoneta de la cantante, quien se dirigía a la capital tanzana a participar en una gala benéfica, lo conducía un mercenario contratado por su marido. “Son un mal necesario” comentaba a menudo Mussaka a sus allegados al referirse de manera genérica a las mujeres, en clara alusión doméstica. Aparentemente, el 7 de diciembre de 2003, fecha del funesto incidente, Yolanda Malambé, la princesa Casandra, dejó de ser necesaria para Mussaka.
Entretanto Mussaka se había convertido en el Al Capone del Cuerno de África –también, valga la re-redundancia en el cornudo del Cuerno de África. Participó como suministrador de armas para cualquiera de los bandos en las guerras civiles etíopes, participó en la guerra contra los secesionistas eritreos apoyando también a los unionistas y a los secesionistas logísticamente e incluso, en la guerra de Sudán, su versatilidad se puso de manifiesto en los negocios mantenidos tanto con los jerarcas de Jartum como con las milicias católicas sureñas. Una guerrilla entrenada para extorsionar, traficar y defender a su iluminado, le acompañaba siempre. Su suerte cambió cuando un Tribunal de Justicia para los crímenes de lesa humanidad acaecidos en el continente decidió procesarlo en 2005 como criminal de guerra. Pese a su ejército personal y los contactos con las estructuras de poder en los gobiernos de la región, no pudo evitar la emboscada final en la que fue apresado tras huir de la policía militar por diversas naciones. El 6 de octubre de 2006 fue hallado en una planta petroquímica de Chad, donde fingía ser un anónimo operario. Aún espera juicio en la sede de Johanesburgo.
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Gracias a dos de nuestros más queridos y fieles sponsors, Nocilla y El Corte Inglés, podemos también ofrecerles un tercer artículo como primicia universal en Sor Juana, a elección esta vez de nuestro pío Sumo Sacerdote, seguidor incondicional de la multifacética reseñada.
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Deborah Estrada, actriz porno, telepredicadora y poetisa norteamericana (Compton Town, Illinois, 1948-Santa Barbara, California, 1989). De Deborah Estrada, cuya denominación civil era Josephine Simons, se desconoce cualquier dato referente a su infancia y adolescencia antes de entrar en la efervescente escena cinematográfica del porno de la Costa Oeste norteamericana a principios de los años setenta.
El primer rastro inequívoco de J. Simons coincide con su primera aparición en dos cintas X grabadas en un entorno totalmente amateur, al margen de los circuitos comerciales, muy precarios y marginales por entonces, aún lejos de suponer un fenómeno mediático industrial, datables entre 1967 y 1969: Promiscuities, cinta parca en medios y deficiente en su realización, pero paradójicamente muy ambiciosa, que recuerda, paródica, chusca y precozmente, el universo neurótico e intelectualoide de las relaciones de pareja inestables, frágiles y en el fondo, incompletas, enmarcadas en un complejo puzzle social esquizofrénico, marca personal del cine del neoyorquino Woody Allen. La otra, Flirty-Dirty, no tiene mayores pretensiones que plantear situaciones propicias al desenfreno orgiástico –el reparto del filme supera la treintena de actores- en una ambientación narrativa que nos recuerda, también de un modo extrañamente premonitorio, la profusión, una década después, de clásicos de la comedia adolescente americana de los ochenta, verbigracia la célebre trilogía de Los Albóndigas. En esta última, Deborah Estrada –en los títulos de crédito reseñada simplemente como Deborah- acomete un reto inédito por entonces, consistente, dentro de una escena antológica en los anales (ejem) del porno, en una concurridísima (11 miembros, tal un equipo de fútbol, extraordinariamente membrados más la indefensa y poco reacia dama) gangbang scene (todos contra una) perpetrada (y multipenetrada) en una escuela de oficios (jardinería) de inspiración marxista para reinsertar socialmente a expresidiarios cuya etnia predominante es la negroide. Escena impresionante e imprescindible para los amantes del género. Estos dos filmes, de autoría anónima, desaliñados hasta lo grotesco y visionarios y anticipadores de otras corrientes de cine comercial por venir se mantienen a día de hoy como un enigma acuciante para investigadores de los márgenes culturales, a pesar del estigma que supone la ausencia de su divulgación en una incomprensible situación de silenciación premeditada por el mundo académico de la cinematografía y las universidades norteamericanas.
La siguiente pista en la trayectoria vital de Estrada nos conduce a la productora californiana G&G (Give&Get), centrada en el formato de vídeo para adultos en plena expansión de la industria audiovisual pornográfica radicada desde sus inciertos inicios en la West Coast. Estrada, inmersa en la red de proxenetismo californiano de alta posición, conoce en una de las numerosas fiestas para las que era contratada a Gary Cutson, exitoso ganadero de Fresno que tras separarse de su esposa, abandona su negocio y se instala en la bohemia decadente de hedonismo sexual y narcótico de Los Angeles. Tras vender su capital ganadero, Cutson se asocia con el productor de cine de terror de serie B Teddy Gillian, de origen británico. Gillian y Cutson cofundan la primera productora exclusiva de la industria audiovisual pornográfica en los EE.UU. Cutson se encapricha en una de las mentadas fiestas de Deborah, y siguiendo el curso de sus devaneos, le da papeles en muchas de las numerosas películas que G&G empieza a sacar al mercado. De esta época que abarca de 1974 a finales de 1978 destacan los siguientes títulos de su filmografía: Vecino, cómpreme una piruleta; Loli Pop II, o A las diez en casa, por los cuales se deja entrever una clara especialización en películas orientadas hacia el sexo oral y en caracterizaciones de menores (pigtails) con toda la parafernalia naive y el típico vecino cincuentón bigotudo, panzudo y más verde que una sobredosis de clorofila a base de guacamole.
Las relaciones personales con Cutson degeneran debido a las tremebundas exigencias a las que el productor quería someter a la prominente diva. Su non plus ultra fue una cinta pionera en el género interracial que, además, no carecía de una estructura polifónica y multigenérica (con trazas de sado, torridez lésbica y escenas orgiásticas con una puesta en escena de estética home made bastante trash... estética hoy, o tempora, o mores, lamentablemente bastante trashnochada), Harlem Ass Trotters. En ella, una equivocación en la elección de una embarcación en la que debía dar un romántico paseo vespertino por el Hudson se convierte en una virulenta y sobrecogedora sodomización colectiva, ejemplarmente ejecutada por 25 estibadores ilegales zimbauenses encerrados en cuarentena en el Pearky yacht, cuando su prometedora cita debía producirse isócronamente en el Pearly yacht, a unos 200 metros del yate de la ignominia. Desde un punto de vista antropológico, la escena da pábulo a especulaciones, pues en el subtitulado de los diálogos en el que los violadores se deciden a cometer su salvaje dictamen, el compromiso alcanzado es abusar de la chica anal y oralmente, hasta la extenuación, a mansalva, salvando así las iras de su dios de la reproducción y del ciclo vegetal, N’gonga, que no permite la sexualidad con fines (o consecuencias) reproductivos, esto es, el contacto fálico-vaginal si la receptora de los viriles embates no ha sido antes desvirgada por su legítimo marido, extremo ignoto por la furibunda turba, cuyas barreras lingüísticas y el fatal celo impedían ulteriores averiguaciones sobre la posteriormente vejada.

Deborah Estrada y Gary Cutson en mayo de 1977, días de vino y rosas para ambos
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Entre 1978 y 1981, se diluye su presencia en el circuito mainstream de producciones X, al que su lozana presencia había ayudado a alcanzar enormes cotas de popularidad y consumo. Últimamente, coleccionistas avezados en contacto cibernáutico han ido reconstruyendo su filmografía final, hechas con los medios más imaginablemente precarios en localizaciones presuntamente correspondientes a los suburbios de San Diego. Es su última triste etapa como decadente porn star, alejada de los focos y de los incipientes premios anuales de la industria especializada. Es un implacable fin de carrera para la mera subsistencia.
En la Nochebuena de 1981, aparece en una emisión local de Sacramento en un anuncio de vino espumoso californiano, como bailarina ataviada con motivos de Papá Noel. Su rastro no vuelve a aparecer hasta dos meses después, en febrero de 1982, en la misma emisora local, en un programa en el que hace de pitonisa y en el que se hace acompañar de una bola de cristal pertrechada con una minúscula pero visible pegatina de Naranjito, la mascota del mundial celebrado ese mismo año en España.
En 1983, tras casarse con un piloto del ejército de aviación, funda la secta arborícola del Día de los cítridos plañideros, cuya imagen icónica no deja de ser irónicamente el mismo Naranjito, reproducido en el altar de la mansión-templo construido por la pareja en un villorrio de las inmediaciones de Roseville. En este centro de culto de místicos naturistas y de obesos desesperados y hippies desnaturalizados con corbata y familia se rendía pleitesía a la cítrica santidad encarnada en la naranja, fruta sagrada periódicamente sacrificada que con el auxilio inestimable del vodka era el ingrediente fundamental del menjunje que se tomaba tras largas y encadenadas jornadas de reflexión y comunicación íntima con la divinidad, tras cuya ingesta masiva se incoaban procelosas veladas orgiásticas y verbeneras. La filosofía de la secta era claramente cíclica, alternando, tal como en los ciclos naturales de la vida, lo apolíneo y lo dionisiaco, lo angelical y lo demoniaco, la virtud y el pecado. La sonrisa de Naranjito, sonrisa calcada de la de las esculturas de Buda antes de que Buda estuviera de moda en Occidente, era la señal inequívoca de que la beatitud era un estado espiritual accesible y al que había que tender siguiendo la particular ascética frutícola-sexual de una cada vez más paranoica Estrada. La secta da sus dividendos al feliz matrimonio, poseedor de 2000 acres de cítricos en Salinas.
Por otro lado, Estrada propaga su palabra redentora allende los muros del marginal templo iniciático y retoma las emisiones con la cadena local de Sacramento, cuya señal ahora tiene alcance en todo el condado. Ya no aparece como pitonisa de dudoso sesgo, sino que lo hace predicando la palabra del dios fundador de su microsecta, Naranjito. Las donaciones, visitas guiadas al templo y las solicitudes de ingreso en la secta se multiplican a raíz de las emisiones.
En 1985, tras una orden judicial, la policía federal entra sorpresiva y nocturnamente en la mansión, interrumpiendo un ritual de comunicación con Naranjito, a raíz de cuya acción se decomisan varios kilos de cocaína de gran pureza y se desmantela un laboratorio clandestino utilizado para la producción a gran escala de psicotrópicos derivados del lsd.
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En el trullo, Estrada se separa de Nolan, el piloto retirado. Muere de sobredosis de ácido lisérgico, en pleno vuelo astral, en el penal de Santa Barbara en abril de 1989, cuando había cumplido cuatro de los siete años a los que había sido condenada por tenencia y distribución ilícita e instigación al consumo de drogas, escándalo público y estafa. Su testamento espiritual son las notas que dejó inconexas en la celda, ordenadas, completadas y prolijamente anotadas y prologadas por el doctor en teología Milton Mendoça, de la Universidad de Cobus, y divididas en tres bloques temáticos respectivamente titulados La Naranjiada. Épica lisérgica y mística; Rayas desde mi celda. Apuntes para un diario, y Diodoro Sículo. Una revisión extraacadémica, un extraño pastiche barriobajero, este último, presuntamente apócrifo utilizado por el editor para ridiculizar a los colegas del departamento de filología griega de su misma facultad, según testimonia Gerald Vanenburg, profesor emérito de la Universidad de Groningen y profundo conocedor de los roces, inquinas y reciprocidades malquistas entre algunos colegas de Cobus, testimonio de autoridad basado en contactos académicos prolongados en el tiempo.
En cuanto a lo más fiable de su obra es la Naranjiada, poesía vibrante escrita en largas series de versículos que es en sí una teogonía alucinatoria del siglo XX, la que más polémica y diatriba ha suscitado entre la crítica. A mitad de camino entre la caída paradisiaca de Milton, las sagas divinas de Hesiodo, la visión desolada de Burroughs, el malditismo espiritualista de Rimbaud y los mitos subculturales de la generación cyberpunk, el absoluto protagonista creador del nuevo orden, Naranjito, se yergue triunfante en esta interesante revisión del universo épico y sus constantes históricas.
En cuanto a Rayas desde mi celda, de género ambiguo, entre la prosa de ficción y el ensayismo libre, en parte comenta y da claves interpretativas de la opera magna, la Naranjiada, a la par que asistimos a la desintegración personal –encarnada en la desintegración verbal, una afasia plasmada en escritura- de la protagonista-autora.

“Foto de familia”, icono de Naranjito, su novia Clementina y su amigo/apóstol
Citronio encontrado entre las notas que dieron lugar a la Naranjiada
Juan Cristóbal Díaz (El sumo sacerdote)
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