SOR JUANA, CATÁLISIS CATÁRQUICAS
El último ejemplo de esta capacidad aclaratoria de la exégesis la tenemos en los recientes documentos sacados a la luz en el convento de las Jerónimas en Xiloquitlán, México: unos pergaminos bien conservados con una grafía aún legible
1 Junto a este descubrimiento, debemos mencionar dos circunstancias que sucedieron en ese momento y lugar concretos: la primera visita de una delegación oficial japonesa a la entonces aldea xiloquitlaniana, y la elaboración de uno de los más conocidos poemas de sor Juana Inés:
No es nuestra intención explicar aquí la figura de sor Juana Inés. Aunque sí sostendrá nuestra argumentación recordar que supo adecuarse a los cánones de la época para sacar provecho de sus ansias de expresión literaria. En esos días, las posibilidades de que en México una mujer lograra cultivar su talento artístico eran más bien nulas. Según sugieren las biografías más fiables[1], su ingreso en las hermanas Jerónimas –tras un intento en falso en las Carmelitas, por cuya rigidez cambió de orden- se debió principalmente al hecho de que la cultura estaba entre los muros de los conventos, en claustros y corredores de retiro espiritual. Uno de los datos que siempre ha esgrimido la crítica –esa pequeña y confabuladora facción tal vez más interesada en el anecdotario vital de los autores que en el acto creativo en sí- para reforzar la idea de la escasa vocación de la sor ha sido precisamente el alto contenido sexual que sus poemas contienen. Y es que siempre ha intrigado a parte de la crítica el hecho de que a sor Juana Inés de la Cruz, por hacer profesión de su fe y practicar el sacramento de su vida monacal, no se le conociera varón. Por mencionar uno de los más conocidos, las publicaciones finiseculares del ensayista ítalo-brasileño Tadeo Scorretgia[2]. En efecto, era un secreto a voces de la época el que los clérigos disfrutaran de la compañía de figuras femeninas que atendían la casa del canónigo además de sus urgencias carnales[3] . Evidente es el detalle, también, de que la época y el lugar en los que la citada escritora vivió protegía y mantenía los privilegios del falo rodeándolos de un aparato legislativo, judicial, religioso y moralista que impedía cualquier tipo de conducta pública considerada licenciosa por parte del sexo femenino. Este hecho además de que no pasa por ser uno de los principales objetivos de la crítica histórica o literaria, tampoco es algo que pueda rastrearse fácilmente, pues generalmente no suelen quedar indicios de este tipo de comportamientos al revolver por entre las ajadas hojas manuscritas. ¿O tal vez sí? 2 Sor Juana, al igual que santa Teresa de Jesús, viajaba de convento en convento instruyendo a sus hermanas en la fe de Cristo, ayudando en lo que podía a la buena organización de los conventos y a su autogestión. Interesante este último dato, que define el carácter independiente y autónomo de la poetisa monja: nunca se dejó doblegar por la jerarquía masculina que gobernaba el catolicismo. El caso, y para ya entrar en detalles, es que de entre las varias pertenencias que sor Juana se supone dejó olvidadas tras su visita al convento de Xiloquitlán en septiembre de 1631 –del que según manifiestan estudios[4], tuvo que salir de manera precipitada por motivos que aún se desconocen-, se ha hallado recientemente un pergamino manuscrito por ambas caras con una tipografía de letra diferente a la de sor Juana. En el dorso anterior se puede leer un poema titulado Neglos Hábitos, compuesto por veinte versos en rima asonante, mientras que en el dorso posterior vemos una composición breve, de tres versos, que en su forma y contenido encierra un asombroso parecido con una de las composiciones tradicionales japonesas, el haiku[5]. Ambos poemas hacen referencia explícita a un amor no precisamente divino. La transcripción que se pasa a continuación de Neglos hábitos respeta la grafía del texto hallado: Neglos hábitos Milo tu sonlojo y alboloto 3
Se trata de la redondilla en la que Rodrigo Imeneldo -refiriéndose al posible pretendiente de sor Juana- menciona el supuesto encuentro amoroso con la monja y se burla de una confusión de los fonemas /r/ y /l/ propia de los orientales. Dice así: “[...] Muestla levelencia al sol naciente / o legálale tu sonlisa de oliente / pero si burlar quisieres / para deshojar la flor / atento que es una sor / y bien cerrada la tiene (...)”[7]. Antes de mencionar algunos detalles sobre la redondilla de Imeneldo –que pensamos puede decir mucho sobre lo conocido que pudiera haber sido una insinuación de aquel tipo en la época, veamos el haiku: amanese en el convento A riesgo de que el lector instruido y avezado haya torcido el gesto al menos cuatro veces al leer la palabra haiku para describir esta composición libre de tres versos asonantes perfectamente definible desde parámetros occidentales, debemos comenzar a deglosar ya la hipótesis de este artículo -que va unida al porqué aplicamos ese término para referirnos al haiku- y llegar a su conclusión. Comenzamos con las preguntas que nos surgen al cotejar ambos poemas y la redondilla de Imeneldo: 4
La carga de contenido sexual implícita en estos versos –cuatlo pies asoman al final de la cama- parece sugerir y describir un acto consumado, antes que declarar un deseo inalcanzable. La técnica del haiku es precisamente esa, captar el detalle de un momento simple. Tal y como hacen esos tres versos. ¿Y quién podría conocer la técnica del haiku, y emplearla con un castellano exquisito y delicado? Conexiones que comienzan a surgir tras estas supuestas coincidencias: se sabe que las primeras relaciones méxico-japonesas registradas por la historiografía comenzaron allá por el siglo XVI, cuando comerciantes japoneses llegaron al poblado de Ainu para adquirir aves de corral[8]. Durante los siglos que siguieron continuó el intercambio comercial, hasta que en el año 1639 el emperador de Japón Kaika Chuai, entusiasta emprendedor, soñador de viajes irrealizables y gran amante del chile picante, decidió consolidar la relación y enviar una delegación oficial que controlara el comercio y las buenas relaciones. Curioso sin embargo es el dato de que no se registra ningún viaje en sentido contrario –mexicanos en Japón- hasta 1912[9].
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La verdad es que intentar localizar al autor del haiku es un brindis al sol de la mañana, pero en su figura está la clave para saber qué pudo ocurrir exactamente entre un supuesto autor asiático que regalaba poemas amorosos a sor Juana, con la que parece que pudo mantener una relación al menos epistolar; un misterioso personaje oriental, delicado poeta en castellano con confusión fosilizada de dos fonemas que, según sugiere la cronología, pudo ser el causante de su invectiva furibunda contra los hombres –de elaborarción cercana en el tiempo-; un olvidado galán de la tierra del sol naciente objeto de las bromas del ínclito Rodrigo Imeneldo. En este artículo hemos querido simplemente dar cuenta pública de la aparición de ambos poemas, y de lo que implica su contenido desde un punto de vista histórico, como expresión de los valores de una época y la cercanía y comunicación de culturas tan diversas a través de la escritura. A partir de aquí, y tras una profunda lectura de los textos rescatados en el convento de Xiloquitlán, la labor de esa crítica menos textual –de aquella crítica literaria tal vez no tan interesada en el texto, sino en la mera anécdota- deberá centrarse en aportar más datos que puedan certificar esta hipótesis, o refutarla en caso opuesto.
[1] Por ejemplo, la del nicaragüense Parménides Sánchez -Cofia sensata (1823)-, y muy especialmente la del vicario Lanuza: Donosos sacramentos (1803). [2] Y concretamente Segretti di confesione, ed. Minchia, Milán (1869); traducción al español a cargo de Onofre Escipión (1951). [3] Prolífica es la literatura española en este sentido; por tomar dos ejemplos de libros que han engrosado y prestigiado el catálogo de las letras hispánicas, véase el ‘Libro del Buen Amor’ del Arcipreste de Hita [Yo, como soy humano y, por tal, pecador / sentí por las mujeres, a veces, gran amor. / que probemos las cosas no siempre es lo peor / el bien y el mal sabed y escoged lo mejor (...)], así como el capítulo último del ‘Lazarillo de Tormes’, en el que se reflejan las veleidades carnales de la clase monástica y la naturalidad con que es representada, lo que viene a demostrar la idea de su práctica extendida y tolerada. [4] Un hallazgo para nuestro análisis la tesis de Tanya M. Gonsales, ‘Aplicación de modelos de análisis de cotas de frustración en diarios de monjas del siglo XVII’, Universidad de Wichita, dept. Psicología, EEUU (1971) [6] Rodrigo Imeneldo, “Refriego de sotanas”, en Enciclopedia de la Fe Heterodoxa (1979), Biblioteca Nacional de Paraguay, Asunción. |