SOR JUANA, CATÁLISIS CATÁRQUICAS
y de cómo la filología la situa en el mundo de hoy

                                                      

 Que la crítica literaria tiene su presencia y su peso específico dentro de la sociedad actual es algo que no se le escapa a nadie. En lugares comunes -aunque ya lejanos en estos días- quedan aquellos comentarios de pasillo de facultad en los que los alumnos dudábamos del razonamiento de algún reconocido analista literario elevado a verdad en mayúscula, mientras ponderábamos la calidad interpretativa del neófito, del todavía puro en discursos críticos -o sea, nosotros en aquel momento. Qué poco nos dábamos cuenta de que criticando a la crítica entrábamos ya en el juego, labrando el camino por el que comenzaron algunos de los grandes analistas literarios de la historia: juzgar desde la interpretación de un sentimiento libre, y re-contar el libro y el  aprendizaje vital del autor desde la práctica propia de la lectura, imbricando obra y experiencia de vida. Esas conclusiones que saca el crítico de cualquier obra van lentamente impregnando y dando nombre a las raíces de nuestra cultura, situándola como testimonio de la historia y definiéndonos como somos.

El último ejemplo de esta capacidad aclaratoria de la exégesis la tenemos en los recientes documentos sacados a la luz en el convento de las Jerónimas en Xiloquitlán, México: unos pergaminos bien conservados con una grafía aún legible
que según estimaciones expertas data de mediados del siglo XVII. Entre estos legajos –manuscritos por sor Juana Inés de la Cruz (1615-1695), en los que se detallan normas de higiene y buen comportamiento entre las hermanas, así como listas de abastecimiento y un programa de reubicación para las sores recién llegadas-, se ha descubierto un pergamino que contiene dos poemas, uno en cada dorso del folio, de tipografía diversa a la de sor Juana.

 

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Junto a este descubrimiento, debemos mencionar dos circunstancias que sucedieron en ese momento y lugar concretos: la primera visita de una delegación oficial japonesa a la entonces aldea xiloquitlaniana, y la elaboración de uno de los más conocidos poemas de sor Juana Inés:


Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitais su desdén
¿por qué queréis que obren bien
si las incitais al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

 

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis,
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
(...)

 

No es nuestra intención explicar aquí la figura de sor Juana Inés. Aunque sí sostendrá nuestra argumentación recordar que supo adecuarse a los cánones de la época para sacar provecho de sus ansias de expresión literaria. En esos días, las posibilidades de que en México una mujer lograra cultivar su talento artístico eran más bien nulas. Según sugieren las biografías más fiables[1], su ingreso en las hermanas Jerónimas –tras un intento en falso en las Carmelitas, por cuya rigidez cambió de orden- se debió principalmente al hecho de que la cultura estaba entre los muros de los conventos, en claustros y corredores de retiro espiritual. Uno de los datos que siempre ha esgrimido la crítica –esa pequeña y confabuladora facción tal vez más interesada en el anecdotario vital de los autores que en el acto creativo en sí- para reforzar la idea de la escasa vocación de la sor ha sido precisamente el alto contenido sexual que sus poemas contienen. Y es que siempre ha intrigado a parte de la crítica el hecho de que a sor Juana Inés de la Cruz, por hacer profesión de su fe y practicar el sacramento de su vida monacal, no se le conociera varón. Por mencionar uno de los más conocidos, las publicaciones finiseculares del ensayista ítalo-brasileño Tadeo Scorretgia[2]. En efecto, era un secreto a voces de la época el que los clérigos disfrutaran de la compañía de figuras femeninas que atendían la casa del canónigo además de sus urgencias carnales[3] . Evidente es el detalle, también, de que la época y el lugar en los que la citada escritora vivió protegía y mantenía los privilegios del falo rodeándolos de un aparato legislativo, judicial, religioso y moralista que impedía cualquier tipo de conducta pública considerada licenciosa por parte del sexo femenino. Este hecho además de que no pasa por ser uno de los principales objetivos de la crítica histórica o literaria, tampoco es algo que pueda rastrearse fácilmente, pues generalmente no suelen quedar indicios de este tipo de comportamientos al revolver por entre las ajadas hojas manuscritas. ¿O tal vez sí?

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Sor Juana, al igual que santa Teresa de Jesús, viajaba de convento en convento instruyendo a sus hermanas en la fe de Cristo, ayudando en lo que podía a la buena organización de los conventos y a su autogestión. Interesante este último dato, que define el carácter independiente y autónomo de la poetisa monja: nunca se dejó doblegar por la jerarquía masculina que gobernaba el catolicismo.

El caso, y para ya entrar en detalles, es que de entre las varias pertenencias que sor Juana se supone dejó olvidadas tras su visita al convento de Xiloquitlán en septiembre de 1631 –del que según manifiestan estudios[4], tuvo que salir de manera precipitada por motivos que aún se desconocen-, se ha hallado recientemente un pergamino manuscrito por ambas caras con una tipografía de letra diferente a la de sor Juana. En el dorso anterior se puede leer un poema titulado Neglos Hábitos, compuesto por veinte versos en rima asonante, mientras que en el dorso posterior vemos una composición breve, de tres versos, que en su forma y contenido encierra un asombroso parecido con una de las composiciones tradicionales japonesas, el haiku[5]. Ambos poemas hacen referencia explícita a un amor no precisamente divino. La transcripción que se pasa a continuación de Neglos hábitos respeta la grafía del texto hallado:

Neglos hábitos
Lecoge los faldones de tu hábito con el índice y el pulgal
-que nadie te vea-
camina de puntillas hasta el gabinete
y siéntate conmigo en la mesa camilla
tengo el blaselo ensendido
los bajos cálidos
y el velbo de punta
te apaltalé el velo delicadamente, te dalé
una lista de palablas indesentes
que no debelás plonuncial
-no-to-da-vía
¿alden tus mejillas?
¡sabes que en común gosamos
de inexplicables hábitos eclipsados!

Milo tu sonlojo y alboloto
al celal la madlugada
y me conglatulo al admilalme
de mi glan glándula humana.

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A continuación, en el dorso del pergamino en el que aparece el poema que acabamos de leer, aparece el haiku inédito. Respecto a este último sí se sabe de su existencia –hipotética, hasta ahora- por aparecer levemente mencionado en una obra de Rodrigo Imeneldo[6] (México, 1640-1715): el desconocido ‘Refriego de sotanas’, breve ensayo satírico de lo que fue un género muy conocido en la época por su carácter soez y grosero, la invectiva monacal. La referencia al ‘breve poema’ –como entonces se le llamó-, pasaba por ser una de las reseñas más explícitas de lo que hasta hoy entendimos como la parte más desconocida de la biografía de la sor.

Se trata de la redondilla en la que Rodrigo Imeneldo -refiriéndose al posible pretendiente de sor Juana- menciona el supuesto encuentro amoroso con la monja y se burla de una confusión de los fonemas /r/ y /l/ propia de los orientales. Dice así: “[...]  Muestla levelencia al sol naciente / o legálale tu sonlisa de oliente / pero si burlar quisieres / para deshojar la flor / atento que es una sor / y bien cerrada la tiene (...)”[7]. Antes de mencionar algunos detalles sobre la redondilla de Imeneldo –que pensamos puede decir mucho sobre lo conocido que pudiera haber sido una insinuación de aquel tipo en la época, veamos el haiku:

amanese en el convento
pasó la hola del lezo
cuatlo pies asoman al final de la cama.

A riesgo de que el lector instruido y avezado haya torcido el gesto al menos cuatro veces al leer la palabra haiku para describir esta composición libre de tres versos asonantes perfectamente definible desde parámetros occidentales, debemos comenzar a deglosar ya la hipótesis de este artículo -que va unida al porqué aplicamos ese término para referirnos al haiku- y llegar a su conclusión. Comenzamos con las preguntas que nos surgen al cotejar ambos poemas y la redondilla de Imeneldo:
1. ¿Por qué se encontraron estos poemas entre las pertenencias de la poetisa?
2. ¿A quién se le atribuyen, ya que la tipografía indica que se trata de un tipo de letra diverso al de la monja?
3. ¿Por qué aparecen confundidas las grafías /r/ y /l/ en Neglos hábitos, si el redactor demuestra un cuidado y elegancia exquisitos en el manejo de la gramática castellana y su léxico?
3.a. ¿Por qué también esa confusión el haiku, a pesar de que todo parece indicar que está escrito por la misma mano de Neglos hábitos?
3.b. ¿Y por qué de nuevo esa sustitución de la /r/ por la /l/ en la composición satírica de Imeneldo? ¿A quién se refería el irónico de Rodrigo, tan seguido en su época?

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La carga de contenido sexual implícita en estos versos –cuatlo pies asoman al final de la cama- parece sugerir y describir un acto consumado, antes que declarar un deseo inalcanzable. La técnica del haiku es precisamente esa, captar el detalle de un momento simple. Tal y como hacen esos tres versos. ¿Y quién podría conocer la técnica del haiku, y emplearla con un castellano exquisito y delicado?
La mano que pudo escribir esos versos puede corresponder a dos perfiles: una persona instruída en castellano con dislexia /r/ - /l/, o una persona instruída en castellano sin dislexia pero que confunda ambos fonemas en su articulación y escritura de una manera inconsciente porque no conoce la diferente articulación ni en la escritura ni en el habla. ¿Y quién podría mezclar de una forma  aparentemente ingenua exclusivamente el uso de estas dos letras?

Conexiones que comienzan a surgir tras estas supuestas coincidencias: se sabe que las primeras relaciones méxico-japonesas registradas por la historiografía comenzaron allá por el siglo XVI, cuando comerciantes japoneses llegaron al poblado de Ainu para adquirir aves de corral[8]. Durante los siglos que siguieron continuó el intercambio comercial, hasta que en el año 1639 el emperador de Japón Kaika Chuai, entusiasta emprendedor, soñador de viajes irrealizables y gran amante del chile picante, decidió consolidar la relación y enviar una delegación oficial que controlara el comercio y las buenas relaciones. Curioso sin embargo es el dato de que no se registra ningún viaje en sentido contrario –mexicanos en Japón- hasta 1912[9]
Basándonos en las pruebas que hemos ido citando a lo largo del presente artículo y entendiendo que todas las conexiones precedentes han constituido de por sí un corpus sostenible de causas y efectos, consideramos que el autor de estos poemas fue el primer embajador japonés en territorio mexicano, su esposa o alguien de su reducido séquito. Tal y como reflejan las crónicas japonesas de la época[10], tras su desembarco en Mazatlán, el séquito se dirigía con un guía hacia la capital para tomar posesión de la que iba a ser la primera representación oficial de Japón en el territorio de México. Fatalmente, uno de sus criados enfermó de viruelas cerca de Xiloquitlán. Pidieron asilo y cuidados al convento, que les recibió con atenciones y afecto. En ningún momento quiso el embajador seguir camino hacia la capital, donde, aunque ya sabían del contratiempo, los esperaban con preocupación oriental. ¡Esperamos! Decía. Y según cuentan, todos callaban. En espera de la recuperación del enfermo, la primera comitiva de nipones que venía a representar los intereses de su país en México quedó alojada por una semana de aquel crudo invierno de hojas arremolinadas por el viento seco.En aquel convento.


Se encontraron en el patio interior.
Se siguieron la mirada.
-Ella turbada.
una flor? -Una sonrisa
Se leyeron. Se elogiaron.
una noche, recostados, admirando el cielo añil,
se miraron. Comprendieron.
no puedo seguil así. 

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La verdad es que intentar localizar al autor del haiku es un brindis al sol de la mañana, pero en su figura está la clave para saber qué pudo ocurrir exactamente entre un supuesto autor asiático que regalaba poemas amorosos a sor Juana,  con la que parece que pudo mantener una relación al menos epistolar; un misterioso personaje oriental, delicado poeta en castellano con confusión fosilizada de dos fonemas que, según sugiere la cronología, pudo ser el causante de su invectiva furibunda contra los hombres –de elaborarción cercana en el tiempo-; un olvidado galán de la tierra del sol naciente objeto de las bromas del ínclito Rodrigo Imeneldo. 

En este artículo hemos querido simplemente dar cuenta pública de la aparición de ambos poemas, y de lo que implica su contenido desde un punto de vista histórico, como expresión de los valores de una época y la cercanía y comunicación de culturas tan diversas a través de la escritura. A partir de aquí, y tras una profunda lectura de los textos rescatados en el convento de Xiloquitlán, la labor de esa crítica menos textual –de aquella crítica literaria tal vez no tan interesada en el texto, sino en la mera anécdota- deberá centrarse en aportar más datos que puedan certificar esta hipótesis, o refutarla en caso opuesto.

 


[1] Por ejemplo, la del nicaragüense Parménides Sánchez -Cofia sensata (1823)-, y muy especialmente la del vicario Lanuza: Donosos sacramentos (1803).

[2] Y concretamente Segretti di confesione, ed. Minchia, Milán (1869); traducción al español a cargo de Onofre Escipión (1951).

[3] Prolífica es la literatura española en este sentido; por tomar dos ejemplos de libros que han engrosado y prestigiado el catálogo de las letras hispánicas, véase el ‘Libro del Buen Amor’ del Arcipreste de Hita [Yo, como soy humano y, por tal, pecador / sentí por las mujeres, a veces, gran amor. / que probemos las cosas no siempre es lo peor / el bien y el mal sabed y escoged lo mejor (...)], así como el capítulo último del ‘Lazarillo de Tormes’, en el que se reflejan las veleidades carnales de la clase monástica y la naturalidad con que es representada, lo que viene a demostrar la idea de su práctica extendida y tolerada.

[4] Un hallazgo para nuestro análisis la tesis de Tanya M. Gonsales, ‘Aplicación de modelos de análisis de cotas de frustración en diarios de monjas del siglo XVII’, Universidad de Wichita, dept. Psicología, EEUU (1971) 

[5] En adelante adoptaremos esta denominación para referirnos al poema de tres versos

[6] Rodrigo Imeneldo, “Refriego de sotanas”, en Enciclopedia de la Fe Heterodoxa (1979), Biblioteca Nacional de Paraguay, Asunción.

[7] ibid. 8

[8] Hiromi Miyoshi “¿Pollo o gato? Estudio sobre el déficit histórico nipón en la cría de aves de corral”, en Omioshi Miyazawa, Ozuna, mayo 1983.

[9] Fuente: Real Registro de Hitos Históricos Hiro-Hito, 1982.

[10] ibid. 9.

 

Román Navarro/Sor Román

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